domingo, 5 de febrero de 2012

Mira, la gravedad

Mira hacia abajo, los veinte pisos que le separan del suelo se le antojan un pequeño escalón, nada más. Se pone en el borde, de puntillas y cierra los ojos, nota los rayos del sol, el viento en las yemas de sus dedos extendidos. Parece que va a alzar el vuelo. Oye, escucha, siente el chirrido de las puerta de la azotea, por la que hace poco ha salido, de fondo el aleteo de unas palomas.

Vuelve a abrir los ojos, mira de nuevo a la calle. Las personas como diminutas hormigas corren de un lado a otro, sus charlas se deshacen en un murmullo ininteligible con el tráfico. Le gusta cómo suena el viento, pero la calle, la gente son para él una cacofonía de quejidos y gritos, los detesta.

La cornisa bajo sus pies se separa de él, poco a poco mientras se apoya en solo en las puntas de sus pies.

Se deja caer.

El suelo se acerca, los sonidos suenan más altos, el viento soplafurioso alrededor suyo. Y él, siente que flota, disfruta cada último segundo de su salto a la fama. Mañana, será noticia.

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