lunes, 1 de octubre de 2012

Ébano y Cyan


Ya debería haber muerto. No hay agua , ni comida, llevo aquí más de… he perdido la cuenta, no sé cuanto tiempo llevo aquí, no duermo ni me canso, siempre despierto. No hay día, ni noche.. El “cielo” o lo que parece ser cielo, se confunde con el suelo, dos pálidas superficies lisas, como un líquido estancado y denso. He probado a correr, no sé cuanto, no me canso, no respiro, me tropiezo y no duele, no avanzo. Todo es blanco, insípido, incoloro, etéreo.

Todo menos eso. El edificio. El bloque, un descomunal monolito de cristal negro, de haber nubes, seguramente estaría por encima de ellas. Pulido, gigante. Ébano. Lo he llamado Ébano. No me he acercado aún. Ébano me observa, nos miramos y ninguno parece entender nada del otro, no sacamos nada en claro. Es aterrador, mejor dicho debería ser aterrador, pero no me asusta. Me llama. El riesgo gusta, es el morbo. Me atrae. Probablemente nunca entre dentro, ¿o sí? Quizás cometa esa locura. Una bonita locura.

Para cuando me doy cuenta,  ya estoy caminando hacia Ébano. Cada paso es más tenso, más nervios, cada paso hacia Ébano es un mundo. Nervios, angustia, curiosidad, intriga, miedo. Sigo pensando en lo que me espera allí, cierro los ojos, imaginando, no dejo de caminar y para cuando los he abierto, Ébano me ha envuelto. Llevaba tanto tiempo sin sentir nada que quería acercarme a lo único que que había sido capaz de hacerlo, este monolito, negro y oscuro, desconocido pero familiar. Dentro es otro lugar, otro tiempo, otro universo. No sabría medirlo desde fuera, pero la impresión que da desde dentro es que no parece tener fin. Cientos de metros de luz apagada, de negro, paredes negras aire negro, y una luz azul. Todo brilla, un fulgor azul que permite ver la arquitectura imposible de este lugar. El fulgor me sigue, me rodea, juguetea alrededor de mí con las sombras poniendo luz azul por donde pasa, Cyan. Otro nombre, Cyan, así lo he bautizado. Cyan me sigue por las entrañas de Ébano, suenan los pasillos a tormenta, crujen. Mi camino acaba ante una puerta, se abre y por simple curiosidad, entro.

Caigo de bruces, huele a verde, un saltamontes se pasea por mi brazo, el césped me hace cosquillas en la nariz. Esto no es Ébano. Hay sol y un cielo con nubes, respiro rápido, estoy nervioso. Veo a una mujer gritando mi nombre, “te has caído?” pregunta, me intento levantar emocionado y Ébano me envuelve, me arrastra fuera de ese lugar, la puerta me escupe y vuelvo a estar entre los brazos de Cyan, Ébano se estremece y  crujen sus paredes. No sé que ha sido eso, desorientado me levanto y echo a correr, busco otra visión, otra puerta, quiero volver a  ver más cosas, me resultaba familiar, como si lo hubiera visto antes. No es posible, reconocía a gente, pero solo he conocido Ébano y el mundo blanco de fuera. Sigo corriendo, me tropiezo y empujo otra puerta al caer. Hace calor,  huele a gente, bastante gente, somos unos veinte sentados en mesas de madera. Mirando hacia el hombre delante de una pizarra que habla, aún no le entiendo, suena difuso. Leo la portada del libro enfrente de mí : “Matemáticas 2º ESO” Tantas nuevas sensaciones, que me son conocidas, imposible, pero hay olores conocidos, colores, luces, gente… gente que me mira, estoy de pie, la clase se ha parado. Me estoy muriendo de vergüenza, me pongo más nervioso, tanto que Ébano vuelve a rodearme y sus pasillos vuelven a recogerme. Ha sido extrañamente familiar, pero no lo puedo haber vivido ya, se supone que esto es nuevo, ¿no? Tengo que saber más, más puertas. Se oyen gritos enfadados tras una. Esta. Por alguna razón los gritos también me resultan familiares, muy familiares, suenan a algo muy malo; el sonido de la rabia, del miedo, resignación. La curiosidad puede con el miedo. Adelante.

Estoy cabizbajo con los puños en tensión, no miro a la mujer que en el pasillo de una casa con decoración minimalista me grita. Cada palabra duele, me hace sentir inútil, me atrevo y alzo la cabeza. La miro. Es la misma que hace una puerta, en el césped, la misma, sí, pero mayor. Es un momento horrible, quiero que se acabe. No lo  hace. Me doy la vuelta mientras sigue gritando. Busco alguna forma de volver al silencio de Ébano, los suaves crujidos y el zumbido de Cyan. Me agobio, no hay forma, la ansiedad puede conmigo y me mareo. Entonces me doy de frente con una de las paredes de Ébano. He salido. Me juro no volver a entrar en otra puerta. Juramento que dura poco, pues la adrenalina no da tregua y no puedo estar sin hacer nada, no tras haber conocido algo más que este mundo negro que me rodea y oprime, que da una calma artificial.

Así empieza un frenesí de imágenes en movimiento, de segundos, minutos, a veces horas de historias de una vida. Siempre la misma gente, los mismos lugares. Estoy casi seguro de que es la misma vida siempre, en diferentes momentos. He visto, he sentido, he vivido todo lo que he podido ver de esta persona, de sus recuerdos. Cientos de conciertos,  muchos, mucha gente en ellos estoy siempre formando parte del público. He visto también una casa, debe pertenecer a la persona cuyos recuerdos veo. Está en otro lugar, bastante lejano a la otra. Veo siempre un gato, uno pelirrojo enorme, duerme todo el día. He vivido tantas sensaciones, robadas a alguien, o tomadas prestadas, es algo que desconozco. He sentido lo que el dueño de los recuerdos sintió. Alegría tristeza, vergüenza, rabia, pasión… En una noche sin luna, de Lágrimas de San Lorenzo. El cielo brilla durante los instantes en los que una piedra en la atmósfera arde, se desintegra, para que cinco personas asombradas alcemos nuestros brazos señalando el lugar donde esa estrella, bonita y fugaz, hace segundos que se ha ido. Estamos tumbados dirigiendo las pupilas nerviosas al cielo estrellado, en un concurso acordado en secreto, a ver quién encuentra más estrellas corriendo. Miradas cómplices y emoción contenida, sonrisas en la oscuridad. No puedo volver a encontrar la puerta que me lleva allí, a ese recuerdo tan perfecto. Es más, cada vez son diferentes, nunca se repiten. Por eso los aprovecho, los exprimo, cada olor, color, sabor…cada sentido, son nuevos y a la vez conocidos, tan nítidos que parecen estar ocurriendo en ese momento.Alguna vez he perdido la noción de no pertenecer a ellos, de ser un simple visitante, si no de realmente ser el dueño de ese momento. Ese pensamiento se ha quedado en mi mente unos instantes, aún sigue aquí. Ser el dueño de esos recuerdos. Ser yo quien los guía, vivirlos y dejar atrás la falsa seguridad de Ébano y Cyan, esto no es vida. Quiero una vida, esa vida que he visto esa que de tanto vivir he amoldado para mí. Lo deseo con todas mis fuerzas, escapar de la libertad que da estar aquí sin padecer hambre o enfermedad, prefiero sentir, pagando el precio por ello. Me quedo pensando en esto buscando una puerta, solo hay una. Entro en el recuerdo en el momento en que me estoy durmiendo, nunca antes me había pasado esto, en los recuerdos hasta ahora no dormía, no sé si quiero, siento que me desvanezco y pierdo la consciencia.

* * *
Me acabo de despertar de golpe, menudo sueño. Son las siete menos cuarto, ya va siendo hora. Como cada mañana enciendo el ordenador mientras se hacen las tostadas y me visto después de una ducha de agua fría. Tengo que escribir en el blog, lo abro y empiezo una nueva entrada: “Hoy ha sido un sueño de reencuentros. Reencuentros con mi pasado. Era realmente extraño, había un mundo blanco, un bloque enorme, como el monolito de  Odisea espacial 2001. Dentro estaban mis recuerdos, mi vida. Ha sido la cosa más rara que jamás he soñado. He vuelto a ver toda mi vida a encontrarme con todos los que he conocido, con cada momento. Impresionante. Hay unas palabras que se me han quedado grabadas. Ébano y Cyan. Azul y negro.” Cierro el navegador y apago el ordenador, pronto me olvido de que antes estaba en ese sitio tan raro, oscuro y negro y empieza otra mañana. Buenos días.