Mi gato está enfermo, ahora solo duerme, casi no come y bebe agua sólo cuando le miro, sabe que así no le riño.
Mi gato está enfermo, no sé si se dará cuenta él. Ni si sabrá cuánto tiempo lleva enfermo o lo qué le pasa. Pero seguro que le duele.
Mi gato está enfermo, mayor, flaco y con poco pelo. Pero a veces le llamas y te mira con ojos enormes o se te sienta al lado en el sofá y ronronea. Y entonces ya solo parece un gato mayor.
jueves, 9 de abril de 2015
miércoles, 1 de abril de 2015
Lo tienes justo delante...
Despertador. Sueño. Se estira. Un suave gruñido. Ella dice:
“buenos días <3”. Ahora, es cuando empieza el día.
Lleva más de un año en esta relación, más de un millón de
mensajes, miles de minutos de llamadas al teléfono. Qué grande suena todo así,
qué grandes se ven y qué pequeño es el resto del mundo cuando están a solas
juntos, o separados.
Mientras desayunan, él la va leyendo, mirando. Siempre tiene
sueño, y él, igual de dormido, le hace sonreír llamándola marmota. Se acuerda
de la cara que pone cuando duerme, de lo guapa que está por las mañanas. Muchas
veces le hace un pequeño pase de modelos con lo que piensa llevar hoy a clase,
le encanta verla con ese gorro gris de dos pompones que le regaló.
Luego no se ven, no se leen, pasan unas horas. Qué largas se
hacen. Y el reencuentro siempre es mejor que cualquier sorpresa que cualquier
regalo. Es el mejor regalo. Y siempre se vuelven a encontrar con el corazón por
delante, con la energía que da volverse a ver…
Ella le cuenta que hoy algún descerebrado en clase ha hecho
el idiota más que de costumbre, él le dice que está escribiendo algo en un
cuaderno para ella en San Valentín, pero que de momento sólo va a ver el
principio. Él va a hacer la comida, ella a estudiar, van al compás. Ella
va la ducha, él a hacer la maleta. Él
envuelve un regalo, ella otro. En cuatro días dejarán de darse los buenos días
en una pantalla, ella le saltará encima por las mañanas. Ella propondrá una
ducha juntos, una cena, una siesta y romperán todo lo que los ha separado tanto
tiempo a tantos kilómetros. Estarán a un metro de distancia.
"Tanto tiempo esperando que fuera hoy
para pensar que mañana será mejor
[...]
Lo tienes justo delante
a un metro de distancia."
domingo, 20 de octubre de 2013
Calle Espino Blanco
Diez personas. diez pedazos de personalidad individuales pero conectados por algo que a simple vista es sencillo. una relación muy simple: la de una comunidad pequeña, un solo elemento en la finca del número 23 de la Calle Espino Blanco.
* * *
Lleva toda la tarde de autobús a andén de metro y vuelta a empezar, la cuidad es grande. Con el frío que hace no apetece moverse, ha salido con poco abrigo, hoy se quería poner "mona". Quiere llegar a casa ya, no solo por estar congelándose, pero es que tiene un plan esta noche y se quiere preparar, mucho. Es una tarde de viernes que promete.
Ha decidido aprovechar que esta noche con el novilunio se podrá ir a ver estrellas,por si se ve sagitario, su signo. Una noche estrellada igual que la que vio hace un año en su santo, el 15 de agosto. Llega a la finca con estos pensamientos rondándole la cabeza y con las manos heladas, temblorosas, trata de coger las llaves.Segunda planta, por las escaleras, una vez ene le piso deja la chaqueta en la entrada, se quita las zapatillas y el pantalón. En casa se va solo con camiseta.
* * *
Entra la luz del rellano por el resquicio bajo la puerta. Joven de unos veinte años observa el brillo, debe de haber sido la chica de la puerta de enfrente. La chica que vive sola. Bueno, igual que él. Es un personaje, sin más, su aspecto es de los que verías por la calle y te pararías en seco a mirar. Americana de tela antigua a cuadros, camisa arrugada a medio meter, zapatillas muy usadas, barba de tres días y como dos pozos, unos ojos con ojeras. Lleva pajarita.
Hoy no, hoy se queda dentro de casa, entonces se tumba en el sillón con el torso desnudo, con un gato enorme tumbado encima. El collar del felino tiene grabadas las siguientes palabras: Campeón, Laureado. Amo y animal están a gusto en su mundo silencioso, sin luces encendidas. Miran a la pared más grande de la casa, antes blanca y ahora convertida en un mural lleno de pensamientos. El joven habitante de la casa se quedó con ella por esa pared, quería vaciar ahí su mente. Está cubierta de espejos de todos los tamaños, sin marco, cientos de fotos de la gente de la calle desde la ventana en sepia y gris, nombres de un color: turquesa, añil, celeste, cyan... Hay constelaciones, cristales tallados que cuando las luces de la calle entran por el balcón la pared se convierte en un concierto de brillos, un firmamento. Un día dibujó flores, rosas de tinta negra que lloran por la pared ríos de ébano.
Hoy ha dejado la ventana de la calle abierta, para ver su mundo, las sombras, los destellos plasmados en la superficie iluminada con luces de las farolas.
* * *
* * *
Lleva toda la tarde de autobús a andén de metro y vuelta a empezar, la cuidad es grande. Con el frío que hace no apetece moverse, ha salido con poco abrigo, hoy se quería poner "mona". Quiere llegar a casa ya, no solo por estar congelándose, pero es que tiene un plan esta noche y se quiere preparar, mucho. Es una tarde de viernes que promete.
Ha decidido aprovechar que esta noche con el novilunio se podrá ir a ver estrellas,por si se ve sagitario, su signo. Una noche estrellada igual que la que vio hace un año en su santo, el 15 de agosto. Llega a la finca con estos pensamientos rondándole la cabeza y con las manos heladas, temblorosas, trata de coger las llaves.Segunda planta, por las escaleras, una vez ene le piso deja la chaqueta en la entrada, se quita las zapatillas y el pantalón. En casa se va solo con camiseta.
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Entra la luz del rellano por el resquicio bajo la puerta. Joven de unos veinte años observa el brillo, debe de haber sido la chica de la puerta de enfrente. La chica que vive sola. Bueno, igual que él. Es un personaje, sin más, su aspecto es de los que verías por la calle y te pararías en seco a mirar. Americana de tela antigua a cuadros, camisa arrugada a medio meter, zapatillas muy usadas, barba de tres días y como dos pozos, unos ojos con ojeras. Lleva pajarita.
Hoy no, hoy se queda dentro de casa, entonces se tumba en el sillón con el torso desnudo, con un gato enorme tumbado encima. El collar del felino tiene grabadas las siguientes palabras: Campeón, Laureado. Amo y animal están a gusto en su mundo silencioso, sin luces encendidas. Miran a la pared más grande de la casa, antes blanca y ahora convertida en un mural lleno de pensamientos. El joven habitante de la casa se quedó con ella por esa pared, quería vaciar ahí su mente. Está cubierta de espejos de todos los tamaños, sin marco, cientos de fotos de la gente de la calle desde la ventana en sepia y gris, nombres de un color: turquesa, añil, celeste, cyan... Hay constelaciones, cristales tallados que cuando las luces de la calle entran por el balcón la pared se convierte en un concierto de brillos, un firmamento. Un día dibujó flores, rosas de tinta negra que lloran por la pared ríos de ébano.
Hoy ha dejado la ventana de la calle abierta, para ver su mundo, las sombras, los destellos plasmados en la superficie iluminada con luces de las farolas.
* * *
Desde arriba en la azotea se ven las cortinas azules salir
por la ventana del segundo piso, para dejar entrar la luz de la calle, vuelan
sueltas al viento. Aquí arriba se nota más aún, se agitan las luces de navidad
blancas que alguien de la finca colgó entre las cuerdas de tender la ropa. En ellas
cuelga una corbata, una camisa negra con lunares blancos, dos camisetas de
tirantes y un par de calcetines de leopardo, huele a suavizante. El frío viento
cambia de dirección arrastrando por el suelo aviones de papel pintados a
acuarela con mensajes escritos y listas de cosas por hacer que alguien debe
haber dejado allí, o el viento, no sé. Crujen las antenas de televisión el
zumbido de los tornillos oxidados de lluvia, susurran las hojas de las pilistras,
las mimosas y la buganvilla frotándose entre sí. Salpica el chorro de una
fuente con ranas de metal. Silencio suave.
No como abajo, las sirenas los motores, el humo, las ruedas
de las carteras de los niños pequeños pasando por los surcos de las aceras,
gritos. Ruido.
Por encima de todo eso, sobre la calle, una figura hace
equilibrismo entre edificio y edificio. En pijama, sin las zapatillas que ha
dejado en la azotea entre los aviones de papel, parece caminar por el aire,
flota. Ojos cerrados. En la mano, un último mensaje escrito a pluma: “Vamos a
andar por los cables”
* * *
* * *
La ventana del tercero está cerrada.
El dueño del piso trabaja en una casa a oscuras en una de
sus nuevas creaciones con alas. Medido, sobrio, meticuloso, encaja a la
perfección. Lo posa en la palma de la mano y echa a volar la mariposa a
engranajes que acaba de montar. Sisean
las superficies pulidas de los escarabajos de metal raspando el suelo,
cientos de patas de cucarachas de cobre con su repiqueteo incesante llenan el
aire. Es un murmullo suave de latón y soldaduras de estaño. Desagradable.
Moscas construidas con la exactitud de un relojero zumban por el salón y se
chocan con los cristales intentando escapar. Podría parecer un lugar lleno de
vida, pero es una mentira de metales oxidados, artificial, eléctrico y
plástico. Frío y calculado.
La ventana del tercero sigue cerrada.
Pero hace calor dentro y la abre un poco. La figura vuelve a
estar en el cable esta noche. “Otra vez no”, piensa.
Abre los veintitrés cerrojos de la puerta y sale al rellano.
Cierra contres llaves diferentes y sube por el empinado desnivel que ofrecen
los escalones, agarrado a la verja sucia que separa la escalera del hueco del
ascensor. Telarañas. El contador de la luz se apaga a medio camino y el rellano
se queda a oscuras. No la vuelve a encender, está más a gusto así.
La puerta de la azotea chirría, él se limpia los restos de óxido
de la verja pasando las manos por el pantalón., se acerca al borde del edificio
y mirando al hombre que se balancea a quince metros de de altura en el cable
pregunta:
—
¿Otra vez aquí? ¿Ahí subido?
— Ya
lo sé — responde el otro hombre— otra vez ha sucedido, volaron los manteles y
el domingo se hizo especial.
— Nunca
te he entendido cuando hablas. Además hoy no es domingo, es viernes. — suelta en un gruñido el relojero de
insectos.
— Pero
¿A que no sabes dónde he vuelto hoy? Donde solíamos gritar.
— ¡Calla!
¡Calla! —le interrumpe— Aquí solo vienes a llenar la azotea de papeles doblados
y dejas esto desastrado, lleno de cacharros y polvo.
El hombre del cable
sonríe calmado y dice— está bien, hablemos de
polvo y herida, de mi miedo a las alturas…
—Y ahí estás subido— vuelve a interrumpir el hombre del
tercero.
—Y eso que llamas "papeles doblados"— prosigue el
equilibrista, sin notar la interrupción— son aeroplanos que saludan moviendo un
espejo. Y una cosa más — concluye sacando una piedrecilla del bolsillo y
dejándola caer— mira, la gravedad.
— Estás
loco, te has ido completamente, antes no eras así.
— Yo
escogí la ambigüedad, tú el fantasma y lo real, te volviste “realista” y serio y te estás empezando a dar cuenta de lo que te dije: “sabrás que nadie te ha
elegido a ti así al azar, todo es un plan para ser un desgraciado más en la
ciudad”
— Ya…
siempre tan loco charlatán y alegre, me das envidia— dice algo triste el
relojero.
— Pero
no desistas, nos quedan muchos más regalos por abrir y veo que quieres venir,
veo, tu mecanismo de autocontrol en tus miradas, tú lo quieres pero entre los
dos solo ha palabras.
— Y
es peligroso subir, un vicio que te podría matar.
— Eso…
—piensa unos segundos cambiando el pie sobre el cable, lo que hace que el
hombre de la azotea se acerque intranquilo— aún quedan vicios por perfeccionar
en los días raros. Vamos, todos duermen ya, dejarse llevar...
— Suena
demasiado bien, siempre con nuestra batalla como cabeza y corazón.
Con una carcajada el joven del
cable exclama:
— ¡Lo
has hecho!
— ¿El
qué?
— Hablar
como yo, como si cantaras cada palabra, como si intentaras no respirar.
— Si
intentara ser quien ponga el aire.
Y mientras, se descalza y pone un
pie en los enganches del grueso alambre, susurrando:
— Vamos a andar por los cables.
* * *
* * *
En el baño del segundo piso, puerta A, burbujas en la bañera. Ella, con todo el cuerpo bajo la espuma observa el techo distorsionado, aguantando la respiración. Sale. Coge aire y se levanta dejando que las gotas vayan corriendo por su cuerpo al remolino de desagüe. Vuelve a mirar el móvil, el último mensaje que dice que el plan de esta noche está anulado. Resopla. Abre twitter y escribe "¿Alguien me adopta?" Lo da por perdido, se seca y se pone la primera camiseta que pilla. Tendría que ir haciendo la cena. En la puerta de la nevera lee la lista de la compra.
La abre, el contenido es tan alentador como su tarde hasta ahora, entonces se acuerda de la blusa de lunares y los calcetines de leopardo tendidos en la azotea, habrá que recogerlos. Al abrir la puerta de la escalera una corriente de aire le hace tiritar pasando por su pelo aún mojado. Viene de justo enfrente, puerta B, que está entreabierta. está todo a oscuras y ella sigue en camiseta y ropa interior, descalza. pero como si de una polilla yendo hacia una lámpara se tratase, sin pensar en ello, camina por el rellano entre las puertas.
La abre, el contenido es tan alentador como su tarde hasta ahora, entonces se acuerda de la blusa de lunares y los calcetines de leopardo tendidos en la azotea, habrá que recogerlos. Al abrir la puerta de la escalera una corriente de aire le hace tiritar pasando por su pelo aún mojado. Viene de justo enfrente, puerta B, que está entreabierta. está todo a oscuras y ella sigue en camiseta y ropa interior, descalza. pero como si de una polilla yendo hacia una lámpara se tratase, sin pensar en ello, camina por el rellano entre las puertas.
La luz dentro es muy tenue y por pura curiosidad aparta el miedo y entra, quizás alguien haya entrado a robar,quizás el dueño la ha olvidado abierta. Ahora que lo piensa pocas veces ha visto al vecino de su rellano, le ha parecido alguien curioso, curioso en el buen sentido. Avanza por el pasillo de entrada como si fuera un laberinto a pesar de ser recto, es lo que suele pasar en las casas ajenas y desconocidas. Llega al salón y entonces lo ve, sentado en la corriente formada entre la ventana y la puerta de la calle. Sin camiseta y la mirada perdida en la pared ante él. podría decirse que de existir el amor a primera vista, esto sería lo más parecido. A ella le gustó su tranquilidad, su excentricidad casi palpable, en él, en su casa. Un dios del Olimpo renacentista tumbado en un sillón. Entonces él se incorpora y la mira extrañado y algo interesado. Ella nerviosa se intenta justificar:
-Perdona, no quería molestarte, estaba la puerta abierta y he entrado porque... y me estoy muriendo de vergüenza y.. y- dice cada vez más nerviosa- ¿Qué haces ahí sentado?
Él, con calma aunque algo perplejo ante esta visita inesperada que no deja de hablar en su salón, responde:
-Ver mis estrellas- señala a la pared.
Entonces ella también se gira y con asombro descubre el amalgama de negros y azules, aleaciones de sepia y gris, destellos y astros de cristal suspendidos en el yeso del tabique, con un orden difuso en todo ese caos.
-Es precioso- murmura ella
-¿Te quedas? -pregunta él- tengo otro sillón.
Ella no puede evitar sonreír, ya tiene plan para esta noche.
* * *
Ajeno a la tranquilidad el resto de la finca, en el primer piso hay un constante ajetreo: caen cubiertos en una inmensa pila con espuma, se agolpan vasos sucios para ser lavados en un rincón de la encimera. El inmenso horno rugiendo prepara canapés de foie y especias y tostadas para el caviar. Se descorchan botellas de Moët arropadas por el rocío que deja el contacto con la humedad del aire. Llegan cajones de fruta con naranjas y cítricos para el zumo que, recién exprimido se sirve en copas finas sobre un a bandeja de plata. La bandeja es llevada entre el trajín de la cocina iluminada en una sobria luz blanco-azulada para pasar por la puerta de la cocina y bañarse en la deslumbrante luz de colores. los choques de las copas, con las voces y las risas, las pompas de jabón destellando suspendidas en el aire inmóviles, confeti y lámparas con mariposas de metal proyectando sus sombras por el piso, sobre los espejos de las paredes y el reflejo de los invitados que bailan con la música ensordecedora que impone su reinado a golpe de bombo.
La casa es enorme, cabría esperar después de la unión de ambas viviendas de la planta. Los propietarios, tras su luna de miel en Barcelona, el mismo día de la vuelta compraron la planta entera, tiraron el tabique que separaba ambas viviendas y pintaron todas las paredes de blanco. De ellos, la pareja, poco se puede decir, por que poco se sabe. Ni los asistentes a las fiestas ni los sirvientes le han visto jamás, nadie está seguro de quienes son los anfitriones de la orgía de embriaguez y derroche de cada viernes. En el fondo, todos son anónimos, un nombre y una prenda, en estas fiestas no hace falta una personalidad, los anfitriones lo saben y quien sabe sobre algo lo usa a su antojo. A veces se mezclan en la fiesta, de incógnito, riéndose con o de los invitados, viendo lo ridículo de sus vestimentas o su forma de bailar. La pareja lleva tres años mirando riéndose, dando fiestas en las que espían a escondidas, viviendo su propio mundo en su burbuja. Viven aparte haciéndose fotos con máscaras extravagantes en la fiesta, como si el confeti, la luz y el estruendo de la música no estuvieran. Solo ellos, mucho mejor.
* * *
Es un poco tarde para cuando llega con su maletín colgado al hombro, la corbata quitada y la camisa llena de arrugas de un día de trabajo. Un poco tarde para la barbaridad de la fiesta de primer piso, piensa. Un día bajó a una de ellas, lo detestó y decidió no volver jamás, aunque él viviendo en el quinto piso no nota molestia alguna por dichas fiestas. Es informático, de "trentaitantos, cuarentaipocos" años de edad. Trabaja en una seria, importante y (a decir verdad) no muy exitosa empresa de gestión de envíos y logística. Números de envío: aburrido y monótono, que es lo mismo. Al llegar al quinto piso, por las escaleras, va olvidando todo ese aburrido mundo. descuelga su maletín, extrae de él un estuche de cuero y enciende las luces. Mientras se calientan los focos parpadeando, extrae el contenido del estuche.
La recién encendida luz baña el piso, su taller. Cientos de focos colgando de hilos de pesca, corchos in instantáneas por todas las paredes y montones de carretes usados. el fotógrafo centra su atención en el objeto del estuche: Quita el objetivo, la correa y el carrete de negativos de su interior. Coloca el resto de la antigua cámara de fotos en su hueco reservado entre muchos otros objetivos y cuerpos de cámaras fotográficas de todas las épocas marcas y diseños. Atrás queda la seriedad y formalidad de su trabajo, se arremanga la camisa y se dispone a divertirse viendo fotogramas. Revela fotos de escenas callejeras de tiendas de antigüedades y gente probándose máscaras de gas dentro. Jóvenes descargando cajas de fresas de un camión. Capturas de historias e instantes, en instantáneas archivadas, que a través del objetivo de su cámara él va siguiendo sin conocer el guión.
hay una pareja que aparece en las capturas a lo largo de la colección, desde hace tres años. Con fechas marcadas:
26/8/10 en las fiestas de un pueblo.
23/4/11 en un callejón entre besos y risas.
Entre otras instantáneas de palomas en un a plaza a de Madrid, calles de adoquines, fotos de cables de la luz. La pareja señalando estrellas en un campo de noche. gente mayor con sillas de enea sentados en las puertas de las casas, atardeceres ente nubes. Fotos de las fiestas de sus vecinos del primero, como de película.
Observa la nueva tanda de fotos recién reveladas bajo la luz roja, van apareciendo a medida que los productos químicos van dándole color. Se dibujan las siluetas de monumentos, playas y un parque con la pareja de antes 30/3/13. El fotógrafo se recuesta en una silla de escritorio, admirando las fotos, las imágenes con sus respectivos recuerdos e historias. nunca ha revelado a nadie su secreta afición pero mira, toma nota de la fecha, fotografía y luego sigue mirando y admirando esas ventanas a otros tiempos y lugares.
* * *
Envuelto en la reja oxidada en el hueco de la escalera y cubierto de polvo está el ascensor, testigo más antiguo de historias de la finca. Ascensos besos, descensos, enfados o silencios incómodos entre desconocidos dudando si hablar sobre el tiempo, incluso noches de fiesta que empiezan saliendo del ascensor o volviendo a los pisos en él. De esas historias hay una que solo ocurre en el ascensor y se repite casi a diario casi siempre en el cuarto piso. En el rellano de dicho piso podría decirse que hay un espejo, en sentido figurado. En cada piso del rellano vive una chica, ambas son de la misma estatura y el color de sus ojos y hasta el pelo y las facciones de sus caras son idénticos, incluso la forma de vestir. Esto último de forma voluntaria puesto que estas gemelas, quizás por compartir el vientre materno, comparten una afición: pasan el día en los rellanos acechando a los vecinos.
Todo comienza cuando una de ellas oye la puerta abrirse en alguno de los rellanos inferiores o en el portal. Entonces se apresuran a dicha puerta y una de ellas asalta al vecino o al cartero o cualquier pobre desgraciado que ha caído en sus manos, con la pregunta: "¿macedonia o bocata de calamares?". Ante la estupidez de la pregunta, el tipo que confundido intenta entender la pregunta tartamudea y empieza a ponerse algo nervioso. Entonces la chica pregunta si puede bajar con él en el ascensor, si el interpelado acepta bajan y ella le mira sonriendo hasta que llegan al portal, les encantan los silencios incómodos. Si por el contrario la víctima prefiere bajar por las escaleras, la hermana se queda arriba. La otra espera en el rellano en ambos casos, para que al salir del ascensor o al bajar por la escalera la persona confusa por lo que le acaba de pasar se la encuentre y esta le grita algo absurdo como "¿Fresas con o sin nata?"
Normalmente huyen asustados y ellas se quedan llorando de la risa apoyadas en la pared con las manos en la tripa que duele de tanto reír. En esta vida da mucho juego tener dos caras.
* * *
Quinto piso. 3 y 23 de la madrugada.
Papeles arrugados manchados de tinta tirados por el suelo, máquinas de escribir desgastadas y un ordenador con word abierto y nada escrito. Denotando la frustración de un escritor, que aún luma en mano, ronca sobre el escritorio, soñando. Lleva horas, días, semanas y milenios tratando de escribir un (lo que él diría) un verdadero bombazo.
"Quisiera aunar una personalidad por fragmentos", sueña.
Una visión grande, gigante, colosa. De una persona, en su sueño empiezan a encajar los trozos, ve una finca. En la finca, ve un piso dedicado a los recuerdos, otro al amor, la locura y su lucha contra la cordura, la extravagancia y la cotidianidad en el segundo piso o las múltiples caras de una persona.
Despierta sobresaltado
No sabe si será un bombazo. Pero ya lo tiene, los arrebatos de inspiración han de ser aprovechados. Coge una nueva página y con letra clara y elegante comienza.
Todo comienza cuando una de ellas oye la puerta abrirse en alguno de los rellanos inferiores o en el portal. Entonces se apresuran a dicha puerta y una de ellas asalta al vecino o al cartero o cualquier pobre desgraciado que ha caído en sus manos, con la pregunta: "¿macedonia o bocata de calamares?". Ante la estupidez de la pregunta, el tipo que confundido intenta entender la pregunta tartamudea y empieza a ponerse algo nervioso. Entonces la chica pregunta si puede bajar con él en el ascensor, si el interpelado acepta bajan y ella le mira sonriendo hasta que llegan al portal, les encantan los silencios incómodos. Si por el contrario la víctima prefiere bajar por las escaleras, la hermana se queda arriba. La otra espera en el rellano en ambos casos, para que al salir del ascensor o al bajar por la escalera la persona confusa por lo que le acaba de pasar se la encuentre y esta le grita algo absurdo como "¿Fresas con o sin nata?"
Normalmente huyen asustados y ellas se quedan llorando de la risa apoyadas en la pared con las manos en la tripa que duele de tanto reír. En esta vida da mucho juego tener dos caras.
* * *
Quinto piso. 3 y 23 de la madrugada.
Papeles arrugados manchados de tinta tirados por el suelo, máquinas de escribir desgastadas y un ordenador con word abierto y nada escrito. Denotando la frustración de un escritor, que aún luma en mano, ronca sobre el escritorio, soñando. Lleva horas, días, semanas y milenios tratando de escribir un (lo que él diría) un verdadero bombazo.
"Quisiera aunar una personalidad por fragmentos", sueña.
Una visión grande, gigante, colosa. De una persona, en su sueño empiezan a encajar los trozos, ve una finca. En la finca, ve un piso dedicado a los recuerdos, otro al amor, la locura y su lucha contra la cordura, la extravagancia y la cotidianidad en el segundo piso o las múltiples caras de una persona.
Despierta sobresaltado
No sabe si será un bombazo. Pero ya lo tiene, los arrebatos de inspiración han de ser aprovechados. Coge una nueva página y con letra clara y elegante comienza.
"Calle Espino Blanco
Diez personas..."viernes, 19 de abril de 2013
El alpinista de los sueños
El viento furioso amenaza con arrancar la figura que escala por la superficie casi vertical que le ofrece la pared de hielo. Clava
sus instrumentos afilados y congelados, duele según sube. El fino cristal
amenaza con romperse, el irregular bloque de hielo se queja bajo el incesante
golpear del alpinista de los sueños, los sueños perdidos.
Está ya resquebrajado por dentro el monte que escala, los
trozos se han mantenido unidos tanto tiempo, tratando de mantenerse bello y
resistente, en apariencia.
Como si de un aviso se tratara, el viendo deja de zarandear
al alpinista, es el momento que esperaba. Alza el brazo y la hoja del gancho
que lleva en su mano brilla, como sonriendo, una desagradable mueca de burla.
El brazo cae, parece tardar años en hacerlo, parece no hacer ruido mientras
perfora el lado del frío monte de cristal y parece, todo parece, pero en
realidad no es así.
Parece no hacer ruido, pero el aire que corta silba. El
cristal desgarrado parece no inmutarse, pero por dentro el monte ya no aguanta.
Y parece aún así que va a hacerlo, aguantar hasta el último momento, pero esta
vez el hielo cede, el alpinista gana. Se derrumba algo tan grande, tan precioso
que parece que nada tan pequeño pudiera dañarlo. ¿La verdad? Nada ha cambiado.
lunes, 1 de octubre de 2012
Ébano y Cyan
Ya
debería haber muerto. No hay agua , ni comida, llevo aquí más de… he perdido la
cuenta, no sé cuanto tiempo llevo aquí, no duermo ni me canso, siempre
despierto. No hay día, ni noche.. El “cielo” o lo que parece ser cielo, se
confunde con el suelo, dos pálidas superficies lisas, como un líquido estancado
y denso. He probado a correr, no sé cuanto, no me canso, no respiro, me
tropiezo y no duele, no avanzo. Todo es blanco, insípido, incoloro, etéreo.
Todo
menos eso. El edificio. El bloque, un descomunal monolito de cristal negro, de
haber nubes, seguramente estaría por encima de ellas. Pulido, gigante. Ébano.
Lo he llamado Ébano. No me he acercado aún. Ébano me observa, nos miramos y
ninguno parece entender nada del otro, no sacamos nada en claro. Es aterrador,
mejor dicho debería ser aterrador, pero no me asusta. Me llama. El riesgo
gusta, es el morbo. Me atrae. Probablemente nunca entre dentro, ¿o sí? Quizás
cometa esa locura. Una bonita locura.
Para
cuando me doy cuenta, ya
estoy caminando hacia Ébano. Cada paso es más tenso, más nervios, cada paso hacia
Ébano es un mundo. Nervios, angustia, curiosidad, intriga, miedo. Sigo pensando
en lo que me espera allí, cierro los ojos, imaginando, no dejo de caminar y
para cuando los he abierto, Ébano me ha envuelto. Llevaba tanto tiempo sin
sentir nada que quería acercarme a lo único que que había sido capaz de
hacerlo, este monolito, negro y oscuro, desconocido pero familiar. Dentro es
otro lugar, otro tiempo, otro universo. No sabría medirlo desde fuera, pero la
impresión que da desde dentro es que no parece tener fin. Cientos de metros de
luz apagada, de negro, paredes negras aire negro, y una luz azul. Todo brilla,
un fulgor azul que permite ver la arquitectura imposible de este lugar. El fulgor
me sigue, me rodea, juguetea alrededor de mí con las sombras poniendo luz azul
por donde pasa, Cyan. Otro nombre, Cyan, así lo he bautizado. Cyan me sigue por
las entrañas de Ébano, suenan los pasillos a tormenta, crujen. Mi camino acaba
ante una puerta, se abre y por simple curiosidad, entro.
Caigo de
bruces, huele a verde, un saltamontes se pasea por mi brazo, el césped me hace
cosquillas en la nariz. Esto no es Ébano. Hay sol y un cielo con nubes, respiro
rápido, estoy nervioso. Veo a una mujer gritando mi nombre, “te has caído?”
pregunta, me intento levantar emocionado y Ébano me envuelve, me arrastra fuera
de ese lugar, la puerta me escupe y vuelvo a estar entre los brazos de Cyan,
Ébano se estremece y crujen
sus paredes. No sé que ha sido eso, desorientado me levanto y echo a correr,
busco otra visión, otra puerta, quiero volver a ver más cosas, me resultaba familiar,
como si lo hubiera visto antes. No es posible, reconocía a gente, pero solo he
conocido Ébano y el mundo blanco de fuera. Sigo corriendo, me tropiezo y empujo
otra puerta al caer. Hace calor, huele
a gente, bastante gente, somos unos veinte sentados en mesas de madera. Mirando
hacia el hombre delante de una pizarra que habla, aún no le entiendo, suena
difuso. Leo la portada del libro enfrente de mí : “Matemáticas 2º ESO” Tantas
nuevas sensaciones, que me son conocidas, imposible, pero hay olores conocidos,
colores, luces, gente… gente que me mira, estoy de pie, la clase se ha parado.
Me estoy muriendo de vergüenza, me pongo más nervioso, tanto que Ébano vuelve a
rodearme y sus pasillos vuelven a recogerme. Ha sido extrañamente familiar,
pero no lo puedo haber vivido ya, se supone que esto es nuevo, ¿no? Tengo que
saber más, más puertas. Se oyen gritos enfadados tras una. Esta. Por alguna
razón los gritos también me resultan familiares, muy familiares, suenan a algo
muy malo; el sonido de la rabia, del miedo, resignación. La curiosidad puede
con el miedo. Adelante.
Estoy
cabizbajo con los puños en tensión, no miro a la mujer que en el pasillo de una
casa con decoración minimalista me grita. Cada palabra duele, me hace sentir
inútil, me atrevo y alzo la cabeza. La miro. Es la misma que hace una puerta,
en el césped, la misma, sí, pero mayor. Es un momento horrible, quiero que se
acabe. No lo hace. Me doy
la vuelta mientras sigue gritando. Busco alguna forma de volver al silencio de
Ébano, los suaves crujidos y el zumbido de Cyan. Me agobio, no hay forma, la
ansiedad puede conmigo y me mareo. Entonces me doy de frente con una de las
paredes de Ébano. He salido. Me juro no volver a entrar en otra puerta.
Juramento que dura poco, pues la adrenalina no da tregua y no puedo estar sin
hacer nada, no tras haber conocido algo más que este mundo negro que me rodea y
oprime, que da una calma artificial.
Así
empieza un frenesí de imágenes en movimiento, de segundos, minutos, a veces
horas de historias de una vida. Siempre la misma gente, los mismos lugares.
Estoy casi seguro de que es la misma vida siempre, en diferentes momentos. He
visto, he sentido, he vivido todo lo que he podido ver de esta persona, de sus
recuerdos. Cientos de conciertos, muchos,
mucha gente en ellos estoy siempre formando parte del público. He visto también
una casa, debe pertenecer a la persona cuyos recuerdos veo. Está en otro lugar,
bastante lejano a la otra. Veo siempre un gato, uno pelirrojo enorme, duerme
todo el día. He vivido tantas sensaciones, robadas a alguien, o tomadas
prestadas, es algo que desconozco. He sentido lo que el dueño de los recuerdos
sintió. Alegría tristeza, vergüenza, rabia, pasión… En una noche sin luna, de
Lágrimas de San Lorenzo. El cielo brilla durante los instantes en los que una
piedra en la atmósfera arde, se desintegra, para que cinco personas asombradas
alcemos nuestros brazos señalando el lugar donde esa estrella, bonita y fugaz,
hace segundos que se ha ido. Estamos tumbados dirigiendo las pupilas nerviosas
al cielo estrellado, en un concurso acordado en secreto, a ver quién encuentra
más estrellas corriendo. Miradas cómplices y emoción contenida, sonrisas en la
oscuridad. No puedo volver a encontrar la puerta que me lleva allí, a ese
recuerdo tan perfecto. Es más, cada vez son diferentes, nunca se repiten. Por
eso los aprovecho, los exprimo, cada olor, color, sabor…cada sentido, son
nuevos y a la vez conocidos, tan nítidos que parecen estar ocurriendo en ese
momento.Alguna vez he perdido la noción de no pertenecer a ellos, de ser un
simple visitante, si no de realmente ser el dueño de ese momento. Ese
pensamiento se ha quedado en mi mente unos instantes, aún sigue aquí. Ser el
dueño de esos recuerdos. Ser yo quien los guía, vivirlos y dejar atrás la falsa
seguridad de Ébano y Cyan, esto no es vida. Quiero una vida, esa vida que he
visto esa que de tanto vivir he amoldado para mí. Lo deseo con todas mis
fuerzas, escapar de la libertad que da estar aquí sin padecer hambre o
enfermedad, prefiero sentir, pagando el precio por ello. Me quedo pensando en
esto buscando una puerta, solo hay una. Entro en el recuerdo en el momento en
que me estoy durmiendo, nunca antes me había pasado esto, en los recuerdos
hasta ahora no dormía, no sé si quiero, siento que me desvanezco y pierdo la
consciencia.
*
* *
Me acabo
de despertar de golpe, menudo sueño. Son las siete menos cuarto, ya va siendo
hora. Como cada mañana enciendo el ordenador mientras se hacen las tostadas y
me visto después de una ducha de agua fría. Tengo que escribir en el blog, lo
abro y empiezo una nueva entrada: “Hoy ha sido un sueño de reencuentros.
Reencuentros con mi pasado. Era realmente extraño, había un mundo blanco, un
bloque enorme, como el monolito de Odisea
espacial 2001. Dentro estaban mis recuerdos, mi vida. Ha sido la cosa más rara
que jamás he soñado. He vuelto a ver toda mi vida a encontrarme con todos los
que he conocido, con cada momento. Impresionante. Hay unas palabras que se me
han quedado grabadas. Ébano y Cyan. Azul y negro.” Cierro el navegador y apago
el ordenador, pronto me olvido de que antes estaba en ese sitio tan raro,
oscuro y negro y empieza otra mañana. Buenos días.
domingo, 9 de septiembre de 2012
S.T.
Hay otro tipo sentado en el sillón alargado negro de Ikea. Otro paciente. Paciente, si, hay que ser paciente para estar escuchando. El tipo, mi paciente, relata eso que he oído mil veces, no os voy a decir su nombre, es secreto profesional, un secreto a voces, porque lo que oigo aquí todos los días es idéntico.
No soy de esas personas que gusten de escuchar los problemas del resto, por si no os habéis dado cuenta. Creo que ya le queda poco a este, espero, tengo ya la libreta llena de garabatos. Dos horas son un verdadero suplicio. Ahora lo echaré. Lo típico "ya se nos ha acabado el tiempo", me guardaré la libreta llena de apuntes inútiles y le haré entender que no hace falta que hablemos nada, que pensaré en su caso. Bueno antes de guardar la libreta escribiré "cansino" en ella. Después se irá por la puerta, al fin, esa puerta al lado de la que, en un cartel negro de cristal con letras plateadas pone "Juanjo Roncero, psicólogo". Se irá como todas las almas que salen de aquí, demasiado expuestas, abiertas en canal, demasiada información. Me agobian. demasiado, cuentan demasiado, no dejan lugar a la imaginación. Necesito salir de la consulta.
Calle. Se está poniendo el sol. Cruzo dos manzanas, voy con ese rumbo involuntario de cuando piensas en tus cosas. Llego a la calle peatonal, la de las tiendas, la gente, sus conversaciones. Hola, aventura. Ahí tampoco tengo rumbo, ni un límite de tiempo, solo el que necesite para sentirme lleno.
Empieza el juego. Me dedico a pasar desapercibido, entre los grupos de gente, parejas. Paso cerca y escucho, como me gusta escuchar, no lo que me diga la gente a mi, si no a escuchar lo que tiene otro destinatario. Tantas posibles vidas, de un solo gesto, unas palabras, el aspecto, historias, gente. Paso al aldo de un inmigrante con sombreros de colores con purpurina, y tres pares de gafas diferentes en la cabeza, lleva un corcho blanco con collares, pulseras, cosas que hacen luz, gafas, más gafas y otras cosas inútiles. Me intento imaginar ya cosas de su vida. ¿Dónde vivirá? de todo eso que lleva, ¿Venderá algo? ¿Quien es? ¿Tiene familia? me dejo llevar por mi mente y me imagino, construyo una vida alrededor de la imagen de esa persona desesperada que busca sobrevivir. Sus sueños, su vida pasada, su presente. Todo sin que haya hecho falta que dijera nada. Ahí tienes la diferencia con mis pacientes. Sin que su boca pronuncie palabra, ni me relate sus penas de forma interminable. Dejo de mirarle, solo ese segundo ha sido mi centro de atención. Eso me deja respirar, poder desconectar, puedo dejarlo atrás, no me persigue ni agobia. Es solo un pasatiempo.
Unos pasos más, me cruzo con un niño que tiene la cara enrojecida, llena de churretones de haber estado llorando y nuevas lágrimas cayéndole por los mofletes. Se cuelga de la mano de un adulto, que supongo su padre. Interrumpe su llanto cuando una joven sale de una tienda de chucherías de esas con una báscula y productos a granel. la chica lleva un a piruleta, se la da al niño y despide con un beso al padre de la criatura y se va en dirección opuesta a ellos. El niño devora la piruleta, pero poco a poco se da cuenta de que la chica joven no está con ellos y reanuda su llanto al grito de "¡Mamá, mamá! El padre preocupado le dice que ella pronto va a volver y que esa piruleta es para que se acuerde de ella. El pequeño no comprende.
Doblan la esquina y pronto de jo de oírles, aún queda el llanto de fondo, eso sí. Ya hace rato que les he imaginado una vida, una de tantas posibilidades. Ella va al trabajo, turno de noche, es enfermera. No, trabaja en una tienda 24h. o va a ver a un familiar al hospital. Cosas demasiado complejas para que entienda el niño, que seguramente siga llorando hasta tarde, agobiando al padre que estará pendiente del momento en el que se abra la puerta de casa y pueda volver a descansar de su pequeño.
Sigo y busco otra vida, ávido de más historias, segundos de existencias cotidianas, con tantos matices, vivas, dinámicas. Sonrío mientras me adentro y me enredo en las telaraña de conversaciones y personas de as ciudad. Para sentirme vivo, yo y partes del resto...
No soy de esas personas que gusten de escuchar los problemas del resto, por si no os habéis dado cuenta. Creo que ya le queda poco a este, espero, tengo ya la libreta llena de garabatos. Dos horas son un verdadero suplicio. Ahora lo echaré. Lo típico "ya se nos ha acabado el tiempo", me guardaré la libreta llena de apuntes inútiles y le haré entender que no hace falta que hablemos nada, que pensaré en su caso. Bueno antes de guardar la libreta escribiré "cansino" en ella. Después se irá por la puerta, al fin, esa puerta al lado de la que, en un cartel negro de cristal con letras plateadas pone "Juanjo Roncero, psicólogo". Se irá como todas las almas que salen de aquí, demasiado expuestas, abiertas en canal, demasiada información. Me agobian. demasiado, cuentan demasiado, no dejan lugar a la imaginación. Necesito salir de la consulta.
Calle. Se está poniendo el sol. Cruzo dos manzanas, voy con ese rumbo involuntario de cuando piensas en tus cosas. Llego a la calle peatonal, la de las tiendas, la gente, sus conversaciones. Hola, aventura. Ahí tampoco tengo rumbo, ni un límite de tiempo, solo el que necesite para sentirme lleno.
Empieza el juego. Me dedico a pasar desapercibido, entre los grupos de gente, parejas. Paso cerca y escucho, como me gusta escuchar, no lo que me diga la gente a mi, si no a escuchar lo que tiene otro destinatario. Tantas posibles vidas, de un solo gesto, unas palabras, el aspecto, historias, gente. Paso al aldo de un inmigrante con sombreros de colores con purpurina, y tres pares de gafas diferentes en la cabeza, lleva un corcho blanco con collares, pulseras, cosas que hacen luz, gafas, más gafas y otras cosas inútiles. Me intento imaginar ya cosas de su vida. ¿Dónde vivirá? de todo eso que lleva, ¿Venderá algo? ¿Quien es? ¿Tiene familia? me dejo llevar por mi mente y me imagino, construyo una vida alrededor de la imagen de esa persona desesperada que busca sobrevivir. Sus sueños, su vida pasada, su presente. Todo sin que haya hecho falta que dijera nada. Ahí tienes la diferencia con mis pacientes. Sin que su boca pronuncie palabra, ni me relate sus penas de forma interminable. Dejo de mirarle, solo ese segundo ha sido mi centro de atención. Eso me deja respirar, poder desconectar, puedo dejarlo atrás, no me persigue ni agobia. Es solo un pasatiempo.
Unos pasos más, me cruzo con un niño que tiene la cara enrojecida, llena de churretones de haber estado llorando y nuevas lágrimas cayéndole por los mofletes. Se cuelga de la mano de un adulto, que supongo su padre. Interrumpe su llanto cuando una joven sale de una tienda de chucherías de esas con una báscula y productos a granel. la chica lleva un a piruleta, se la da al niño y despide con un beso al padre de la criatura y se va en dirección opuesta a ellos. El niño devora la piruleta, pero poco a poco se da cuenta de que la chica joven no está con ellos y reanuda su llanto al grito de "¡Mamá, mamá! El padre preocupado le dice que ella pronto va a volver y que esa piruleta es para que se acuerde de ella. El pequeño no comprende.
Doblan la esquina y pronto de jo de oírles, aún queda el llanto de fondo, eso sí. Ya hace rato que les he imaginado una vida, una de tantas posibilidades. Ella va al trabajo, turno de noche, es enfermera. No, trabaja en una tienda 24h. o va a ver a un familiar al hospital. Cosas demasiado complejas para que entienda el niño, que seguramente siga llorando hasta tarde, agobiando al padre que estará pendiente del momento en el que se abra la puerta de casa y pueda volver a descansar de su pequeño.
Sigo y busco otra vida, ávido de más historias, segundos de existencias cotidianas, con tantos matices, vivas, dinámicas. Sonrío mientras me adentro y me enredo en las telaraña de conversaciones y personas de as ciudad. Para sentirme vivo, yo y partes del resto...
viernes, 31 de agosto de 2012
Hide yourself
Escondidos, en tiendas solitarias, detrás de los estantes, escondidos los besos, los abrazos. Fugaces.
Escondidos tras un árbol, arbustos, escondiendo las manos, las caricias.
Escondidos. Ocultos hasta encontrarse y abrazarse uno con otro, uno sobre otro y entonces no esconderse, solo mostrarse y descubrir.
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