martes, 29 de mayo de 2012

Los fines de semana en familia

Lo que pasa cuando te vas un finde  con la familia acabáis en un hotel de esos con decoraciones de gusto peculiar, de la que te puedes imaginar al decorador "esta pared está muy blanca, ponle mármol rosa y a esa otra fórrala de madera" eso junto a los techos de yeso como los de instituto, balcones con jardines colgantes y puertas de cristal por todas partes. Una "preciosidad", vamos.

Por lo demás todo bien, hay un techo de esos con lucecitas como estrellas, un poco exagerado pero ahí está. En los pasillos huele a café del desayuno ( a las tres de la tarde, aún) luego a cloro, dicen que viene del "spa", a los kilos de patatas fritas del buffet y luego otra vez a café. Un cambiante mundo de olores a veces algo agresivos. Es "un hotel para guiris" que dice mi primo y razón no le falta, aunque también está abarrotado de jubilados del Imserso, de esos que bailan "agarraos" en los karaokes del "salón de baile" y se pasan el dia paseando por la playa.

El resto de días que pasas allí son un torbellino de playa, espalda quemada, cloro de piscina rodeada de hamacas, extranjeros enrojecidos, vendedores ambulantes de chanclas y cometas incontrolables en el viento de las tardes.

Era un gato muy siamés, le llamaban Bala

Era un sueño dormido tumbado
junto a las llamas extinguidas, rojizas gemas candentes.
De afiladas hirientes y ocultas,
medias lunas puntiagudas.

Felpudo lanoso acurrucado, en cesto de mimbre
cañas secas y periódicos arrugados.
Él ronca, ronronea y en ocasiones el ruido de una bisagra oxidada
surge de entre sus bigotes, un maullido, llamando la atención.

A mi gato, Lorenzo, que ahora mismo ronca bajo la mesa de mi ordenador.