El viento furioso amenaza con arrancar la figura que escala por la superficie casi vertical que le ofrece la pared de hielo. Clava
sus instrumentos afilados y congelados, duele según sube. El fino cristal
amenaza con romperse, el irregular bloque de hielo se queja bajo el incesante
golpear del alpinista de los sueños, los sueños perdidos.
Está ya resquebrajado por dentro el monte que escala, los
trozos se han mantenido unidos tanto tiempo, tratando de mantenerse bello y
resistente, en apariencia.
Como si de un aviso se tratara, el viendo deja de zarandear
al alpinista, es el momento que esperaba. Alza el brazo y la hoja del gancho
que lleva en su mano brilla, como sonriendo, una desagradable mueca de burla.
El brazo cae, parece tardar años en hacerlo, parece no hacer ruido mientras
perfora el lado del frío monte de cristal y parece, todo parece, pero en
realidad no es así.
Parece no hacer ruido, pero el aire que corta silba. El
cristal desgarrado parece no inmutarse, pero por dentro el monte ya no aguanta.
Y parece aún así que va a hacerlo, aguantar hasta el último momento, pero esta
vez el hielo cede, el alpinista gana. Se derrumba algo tan grande, tan precioso
que parece que nada tan pequeño pudiera dañarlo. ¿La verdad? Nada ha cambiado.
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