Cogió la almohada y la giró, le gustaba más la parte fría del dorso. Se frotó un poco los ojos con el pulgar y el índice, suspiró, se estiró y fue entonces cuando notó que su peso no era el único que hacía crujir los muelles de la cama.
Levantó la sábana para descubrir la espalda desnuda de ella y recordó la noche anterior. Con cuidado, intentando no despertarla, la rodeó con sus brazos y hundió la cara en su pelo. Los dos sonrieron.
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